Congreso “Diálogo Ciencia – Fe”: Cali 1999 – Manuel M. Carreira, S.J.
La evolución del Universo a lo largo de unos 18 mil millones de años culmina con la aparición de la vida, que tiene su máximo exponente en la vida inteligente, en el Hombre, con su definición filosófica de Animal Racional, aplicable en cualquier planeta en que se dé esa estructuración maravillosa de la materia que permite el desarrollo de pensamiento abstracto, consciencia y libertad. La descripción científica de los pasos por los cuales, de hecho, se dio vida en la Tierra y de su evolución hasta el Hombre, tiene muchas lagunas y misterios: una y otra vez tendremos que aceptar la falta actual de datos o comprobaciones experimentales de teorías que son también incompletas y sin aceptación universal.
Tal vez sea metodológicamente útil, y aun necesario, comenzar con una definición de ser viviente desde el punto de vista operacional de casi todas las definiciones de la Física: decimos lo que las cosas son por su actividad, que nos permite reconocerlas y distinguirlas de otras. Podemos así describir al ser viviente como una estructura material básicamente estable, capaz de actividad interna y también en una interacción con el entorno, y capaz de reproducirse. La interacción con el entorno no destruye la estructura, sino que la refuerza, contribuyendo nuevos materiales estructurales y fuentes de energía; la actividad interna permite la absorción de materiales útiles y el desecho de aquellos inútiles o nocivos. Y el organismo da lugar a otras estructuras básicamente iguales, aunque con diferencias siempre presentes de un individuo a otro.
Para la interacción con el entorno, el ser viviente necesita algún nivel de reacción a estímulos externos: calor, luz, agentes químicos, presión: es la función de los “sentidos”en toda su variedad. Y para la reproducción debe darse algún tipo de “programa” interno que rige los pasos necesarios para la formación del nuevo organismo, desde la iniciación del proceso en un momento determinado de la existencia del ser viviente original hasta la separación, vida independiente y operaciones básicas para la supervivencia y desarrollo del nuevo individuo..
Estas consideraciones elementales nos permiten examinar las diversas formas de materia con respecto a su adecuación para la vida. Con la base del Principio Cosmológico que afirma la unicidad de la materia y la constancia y universalidad de las leyes que la rigen, podemos utilizar nuestro conocimiento experimental de la materia en nuestros laboratorios para poner límites a las condiciones y componentes que permitirán la vida, aunque no la garanticen.
El estado gaseoso de la materia, visible en estrellas y galaxias sobre todo, no es compatible con estructuras estables, aun a corto plazo: la definición física de un gas perfecto niega las fuerzas de cohesión entre moléculas, y admite como única interacción el choque aleatorio. Consecuentemente, no podemos aceptar como vivientes masas exclusivamente gaseosas, y su carácter desorganizado es más patente cuanto mayor es su temperatura. No puede darse vida en una estrella, ni en las nubes interestelares, que son un vacío en el sentido vulgar de la palabra aunque a muy largo plazo puedan darse algunos choques entre partículas.
Por razones opuestas es incompatible con la vida el estado sólido, que es, técnicamente, el estado cristalino. Su rigidez estructural no permite ni la incorporación de nuevos materiales ni la interacción con el entorno: cualquier reacción destruye al cristal. Incluso el crecimiento de un cristal ocurre por mera superposición de nuevas capas, no por incorporación a todos los niveles: cualquier elemento extraño constituye un “defecto”en la red cristalina. Un sólido es lo más inerte dentro de nuestra experiencia; sólo en nuestra tecnología electrónica se da un nivel de actividad que exige suministro de energía y programación por agentes externos, y la actividad que se consigue no está encaminada a la continuación de la estructura ni a su reproducción en forma espontánea. Cristales vivientes en planetas fríos sólo se dan en ciencia-ficción, donde se suponen como equivalentes a “ordenadores” con estructuras naturales de silicio.
También es parte de la literatura pseudo-científica la vida sin base material tangible: pura energía, generalmente electromagnética, que se supone capaz de existir incluso en los espacios interestelares. No es posible una estructura estable de ondas que necesariamente se propagan y disipan por el entorno, ni pueden formar órganos de alimentación o reproducción.
Nos queda como única forma de materia compatible con la vida el estado líquido: toda célula es una gotita de líquido más o menos viscoso rodeado de una membrana semipermeable que lo separa del entorno, pero permite la inclusión o desecho de gases, líquidos y hasta partículas sólidas. Dentro del entorno líquido se da la movilidad necesaria para reacciones químicas, y es también posible la estabilidad de estructuras de corto alcance, así como la división implicada por la reproducción.
Finalmente, es la actividad química la que selecciona los elementos adecuados dentro del sistema periódico, tanto para la extracción de energía como para la estructuración de órganos y la transmisión de la herencia. Especialmente para ésta se requiere la capacidad de codificar en forma microscópica una enorme cantidad de información: los “planos” del nuevo organismo y las instrucciones para su desarrollo. Pensemos en la maravilla diaria de la incubación de un huevo de gallina: de unos 100 gramos de gelatina amorfa se construye en tres semanas, sin ayuda alguna externa, un pollito completo con todos sus órganos, capaz de ver, de abrirse paso rompiendo la cáscara, de comenzar a corretear y a buscar alimento. Todo con el “programa” que se encierra en un puntito de color café, y que sólo exige la temperatura adecuada para comenzar su actividad.
Se ha calculado que el conjunto de instrucciones para un ser humano,que sin interrupción lleva de una célula a 100 billones, ocuparía una enciclopedia de 100 millones de páginas. Tal inmensidad de datos tiene que codificarse a nivel atómico para poder encerrarse en el núcleo de una célula invisible a simple vista; solamente una molécula gigante, con miles de millones de átomos en enlaces variados y estables puede ser el medio adecuado para tal función.
De los 92 elementos estables del sistema periódico el Carbono es el que permite mayor variedad de moléculas, y la máxima complejidad. La Química del Carbono es más amplia que la de todos los demás elementos juntos, especialmente en reacciones con los elementos más abundantes del Universo: H, O, N (el He, como “gas noble”, es inerte), y sus reacciones fácilmente producen energía y pueden realizarse en un medio líquido a temperaturas moderadas -el agua- también cósmicamente abundante. Ningún otro elemento es comparable al Carbono en esta flexibilidad, aunque el Silicio se menciona frecuentemente como alternativa. Pero el Silicio tiene menos fuerza de enlace, y moléculas gigantes se rompen espontáneamente; tanto el Silicio como el Carbono tienen gran afinidad por el Oxígeno, pero el anhídrido carbónico resultante es un gas activo y fácilmente eliminable, mientras que el dióxido de Silicio es cuarzo, casi totalmente inerte y un sólido prácticamente imposible de eliminar.
Por todas estas razones hay un consenso científico casi universal en exigir que, dondequiera que haya de darse la vida, tendrá que basarse sobre la química del Carbono y el agua en estado líquido. Con estas condiciones se habla de la posibilidad de encontrarla fuera de la Tierra; es nuestro planeta, donde tales condiciones se dieron, el único donde la vida floreció en el sistema solar. No es meramente un caso de hablar de la vida “como nosotros la conocemos” (frase repetida constantemente sin pensar en sus implicaciones) sino de obtener las consecuencias lógicas del concepto de ser viviente y de las propiedades de la materia y sus leyes en todo el universo. Es así también como debemos tratar de reconstruir los pasos que se dieron en la Tierra primitiva para su aparición y desarrollo, hace aproximadamente 3.500 millones de años.
Aunque estudios recientes de un meteorito recogido en la Antártida han dado lugar a suposiciones de vida microscópica en Marte hace unos 3.600 millones de años, no hay indicación alguna que sea comprobable desde la Tierra de su posible desarrollo hasta el presente.
EVOLUCIÓN PRE-BIÓTICA
No es necesario recurrir a seres vivientes para encontrar “química orgánica”, sinónimo de la química del Carbono. La utilización de radio telescopios en los últimos 50 años llevó a descubrir en las nubes del espacio interestelar la existencia de H atómico, anhídrido carbónico, vapor de agua, formaldehído, cianógeno, metano y otras decenas de compuestos hasta de 20 átomos. En estas nubes extremadamente frías y tenues se facilita la formación de moléculas en las superficies de granos microscópicos, resultado de las etapas finales de evolución estelar.
De modo semejante se especuló muy pronto que en la superficie ya fría de la Tierra primitiva se darían condiciones abundantes para síntesis orgánica, con diversas fuentes de energía: luz solar, ondas de choque de olas o tormentas, radioactividad, rayos, erupciones volcánicas. La atmósfera secundaria del planeta, debida a gases volcánicos e impactos cometarios, propiciaría la formación de compuestos de Carbono, Oxígeno, Hidrógeno y Nitrógeno, bajo la acción de la radiación ultravioleta del Sol. Y es de suponer que durante millones de años caería a la superficie continental y a los océanos primitivos una lluvia tenue pero constante de estas moléculas que pueden considerarse los sillares básicos para la construcción de la estructura viviente.
A partir de la década de los 40, varios experimentos de diversos autores han intentado reproducir esa etapa evolutiva. Comenzando con los trabajos de Urey y Miller, se sintetizaron aminoácidos, azúcares y ácidos grasos a partir de una mezcla que imitaba la atmósfera teórica de esa época primitiva, a la que se sometió a descargas eléctricas en un recipiente con exceso de vapor de agua y un “océano”de agua líquida. Otros autores duplicaron el resultado con variaciones de la composición atmosférica y diversas fuentes de energía, dejando así bien establecido el hecho de que esta evolución pre-biótica debe esperarse en muchas circunstancias plausibles del planeta.
El paso de estos sillares básicos a una molécula suficientemente compleja para poder reduplicarse en forma autónoma con los materiales de su entorno es mucho más especulativo: no sabemos ni dónde ni cuándo ni cómo ocurrió. Se ha sugerido una charca litoral, cargada de material pre-biótico, que por evaporación se concentra hasta formar macromoléculas adecuadas; otra hipótesis busca en minerales arcillosos o cristales de pirita una pauta estructural que facilite la unión de partes sencillas en un todo más complejo, tal vez en chimeneas submarinas donde gases calientes brotan de fisuras volcánicas. Debemos confesar nuestra ignorancia y el hecho de no haber conseguido todavía en ningún experimento de laboratorio el dar el paso a nada remotamente comparable a la gigantesca molécula de ADN, base de la transmisión genética.
Los primeros restos atribuidos a seres vivientes unicelulares se encuentran en rocas de Australia de 3.500 millones de años de antigüedad, donde se observan capas de material carbonáceo. Los primeros fósiles reconocidos como tales son ya células tan complejas como las que hoy viven en nuestro entorno. No hay fósiles de seres vivientes más sencillos. Se ha sugerido que los virus podrían ser la forma más elemental de vida, pero un virus no tiene metabolismo ni reproducción independiente: se comporta, más bien, como un “virus” de ordenador, un programa que obliga a la máquina (electrónica o celular) a hacer copias del virus, en lugar de sus funciones propias. No cumple, por tanto, la definición de estructura viviente dada al principio de esta discusión.
De hecho, la vida comenzó, y debió hacerlo por la utilización de las propiedades de la materia, con las fuerzas electromagnéticas de enlace que explican la química y la biología. Aun así, no es fácil dar razón de esa “espontaneidad” tan intuitivamente obvia en el ser viviente, por la cual toda su actividad es armoniosa y tiende a la preservación y desarrollo del individuo y de la especie. Aun los que rehuyen la palabra “finalidad”, llegan a hablar de una teleología que parece negar el mero azar o la necesidad mecanicista.
EVOLUCIÓN VITAL
Una vez que se dieron los primeros vivientes, entró en juego la variabilidad de la molécula de ADN, transmisora de la herencia. Diversos factores ambientales pueden causar mutaciones: la agitación térmica, agentes químicos, radioactividad del suelo, rayos cósmicos. Todo esto implica cambios al azar en individuos que, en la mayoría de los casos, no producen descendientes apreciablemente distintos, ni en su morfología ni en su capacidad de supervivencia. Raramente se darán variantes reconocibles como formas nuevas y estables en el registro fósil; todavía menos frecuente será la coincidencia de mutaciones independientes en el mismo individuo para dotarlo de mayor capacidad de sobrevivir ante cambios en el ambiente o ataques de enemigos naturales. Pero en períodos de tiempo muy amplios sí puede constatarse la diversificación de formas en aquellos seres unicelulares, como los radiolarios y diatomeas, que han dejado exoesqueletos silíceos en las rocas sedimentarias durante varios eones.
La vida comenzó bajo condiciones anaeróbicas en una Tierra falta de oxígeno en su atmósfera. Durante muchos centenares de millones de años la pequeña cantidad de este elemento aportada por la disociación del vapor de agua en la atmósfera por la acción de los rayos ultravioleta del Sol se combinó con los metales de las rocas continentales para producir óxidos (óxido de Hierro); también el anhídrido carbónico se combinaba con las rocas (formando carbonatos) y se disolvía en los océanos. Pero una mutación importantísima dio lugar a la aparición de algas unicelulares verdes, capaces de fotosíntesis, que utiliza el agua y el anhídrido carbónico para sintetizar hidratos de carbono y liberar oxígeno. Con toda probabilidad, la abundancia de este gas en la atmósfera era ya semejante a la actual hace unos 2.000 millones de años, y se mantuvo sin muchas variaciones por el equilibrio de los procesos de oxidación y fotosíntesis.
El oxígeno, originalmente un gas nocivo para la vida, se convirtió en su mejor aliado cuando otra mutación permitió utilizarlo como fuente muy eficiente de energía. Con este cambio se hizo posible el paso de seres unicelulares a los metazoos, originalmente apenas más que colonias de células iguales en una masa indiferenciada. Hace 600 millones de años aparecen los primeros fósiles marinos de vivientes sin esqueleto, parecidos a los pólipos y medusas, apenas marcados en rara ocasión en capas sedimentarias. Corales y otros vivientes con esqueletos externos son abundantes en épocas un poco más recientes, así como moluscos y artrópodos que llenan nuestros museos con hermosos ejemplares de ammonites, trilobites y gran variedad de bivalvos.
Sin entrar en los detalles filogenéticos propios de un texto de biología, es claro que el paso del tiempo muestra cada vez mayor multiplicidad de formas, que van llenando los diversos entornos (nichos ecológicos) sin que eso implique la desaparición de formas anteriores. Un paso crucial se da con la aparición de los vertebrados, cuyo esqueleto interno sirve de apoyo para órganos de locomoción y protege una red de comunicaciones (sistema nervioso) con un cerebro que controla todas las funciones del organismo. Este esquema fisiológico se mantiene mientras las formas de locomoción y los ambientes de vida se diversifican, de peces a anfibios, reptiles, aves y mamíferos.
Esta descripción superficial, basada en los restos que encontramos en rocas sedimentarias, no es suficiente para explicar en detalle el cómo del proceso. Cada forma nueva aparece tras largos períodos de estabilidad (equilibrio puntuado), y parece exigir en el mismo individuo la coincidencia de muchas mutaciones independientes, pero que se complementan y ayudan para dar un nuevo modo de actuar conducente a la supervivencia en un entorno determinado. Hay casos tan sorprendentes como el retorno al océano de grandes mamíferos: delfín, foca, ballena, con todas las modificaciones necesarias en un organismo ya muy hecho para ambientes distintos. No es fácil explicar ni el cómo ni el por qué de tales cambios, que no son meramente de proceder, sino que llegan a afectar el metabolismo y la estructura corporal.
EXTINCIONES CATASTRÓFICAS
Un factor que ha tenido importancia crucial en la trayectoria de la vida en la Tierra es el proceso catastrófico de extinción que en varias ocasiones eliminó, en muy poco tiempo, hasta el 90% de las especies vivientes en la Tierra en un momento dado. Se encuentran indicaciones de cinco grandes episodios de extinción en los últimos 500 millones de años, aproximadamente, y en cada caso, la evolución cambió drásticamente de rumbo; el caso más conocido es el de la desaparición de los grandes reptiles hace 65 millones de años. De no haber ocurrido, es muy dudoso que hoy fuesen los mamíferos la forma de vida más desarrollada.
Las extinciones parecen haber ocurrido, al menos en algunos casos, por el impacto de cuerpos de varios kilómetros de diámetro: asteroides como los que todavía se encuentran a millares en el espacio entre Marte y Júpiter, con trayectorias que llevan a varios a cruzar la órbita de la Tierra. La desaparición de los dinosaurios, muy probablemente, siguió a la caída de un cuerpo de 10 kms. de diámetro en la península del Yucatán, donde las prospecciones petrolíferas han encontrado un cráter de 200 kms. de diámetro parcialmente bajo el mar Caribe (cráter de Chicxulub). Se puede calcular el efecto de tal proyectil, penetrando la atmósfera a unos 30 kms. por segundo: causaría una onda de choque con temperaturas de miles de grados, que produciría incendios a escala continental. El impacto con la corteza terrestre, volatilizando miles de millones de toneladas de roca, volvería opaca a la atmósfera durante años, con la consecuente muerte de la mayor parte de las plantas y animales. Tal vez efectos concomitantes de terremotos, tsunamis y volcanismo, extendieron todavía más el período de destrucción, de tal modo que la vida tuvo que rehacerse a partir de formas básicamente sencillas y más resistentes.
Grandes episodios de volcanismo de origen puramente terrestre pueden también llevar a extinciones semejantes en períodos más amplios. Y cambios climáticos, cuyas causas no son conocidas en detalle, pero pueden tener conexión con la actividad solar y el magnetismo terrestre, también influyeron en forma imprevisible sobre el desarrollo de la vida hasta nuestro tiempo. La trayectoria de la evolución es, consecuentemente, única. No es posible predecir que algo semejante se hubiese dado en cualquier posible repetición de la historia del planeta.
Sir Fred Hoyle, conocido astrofísico británico, llega a decir que es imposible explicar el origen de la vida en la Tierra, ni su progresivo desarrollo desde formas tan sencillas hasta la enorme complejidad actual. Como consecuencia, propone que la Tierra fue “sembrada” con formas vivientes venidas de otros lugares del cosmos, donde condiciones desconocidas propiciaron su aparición. Incluso atribuye a agentes patógenos extraterrestres las grandes plagas históricas que asolaron a la humanidad. Mientras que la mayoría de los científicos consideran su propuesta como una evasión ante el problema, sí debemos decir que subraya la dificultad de explicar el origen de la vida y su maravilloso desarrollo hasta el nivel actual de variedad y complicación estructural.
La posible existencia de vida microscópica en Marte al mismo tiempo que las primeras células aparecían en la Tierra sería un fuerte argumento en favor del punto de vista que sostiene que las fuerzas de la materia llevan a ese paso, todavía inexplicable, siempre que se den las condiciones adecuadas. Este era ya el punto de vista de Santo Tomás de Aquino, que consideraba la llamada “generación espontánea” como algo normal en el desarrollo de las potencialidades dadas a la materia por su Creador; la confirmación más directa sería el conseguir hacer lo mismo en un laboratorio. Será necesario un estudio más profundo de los “fósiles marcianos”, a poder ser en el mismo planeta: misiones automáticas y, finalmente, tripuladas deberán zanjar la cuestión desde el punto de vista astronómico. Aun en el caso de resultados negativos, quedaría la posibilidad de otros entornos adecuados fuera del sistema solar.
EVOLUCIÓN BIOLÓGICA HACIA EL HOMBRE
No es cometido de la Física el establecer los pasos por los que la materia inanimada da origen a la vida, ni describir las etapas de la evolución de especies hasta llegar al Hombre. Aunque la estructura viviente, organización complejísima de la materia, debe utilizar las fuerzas físicas para su cohesión y actividad, y deben ser cambios materiales en la programación genética los que dan lugar a nuevas formas, la Física moderna no contribuye directamente a solucionar los problemas más profundos: la actividad de autoconservación y desarrollo de cada organismo, el paso de sencillas moléculas orgánicas a la complejidad de la célula, la formación de órganos enormemente especializados, el paso de vida no-inteligente a la vida inteligente del Hombre.
El hecho de la aparición de la vida en la Tierra primitiva de hace unos 3.500 millones de años, y el hecho de su evolución, están bien establecidos y no pueden negarse como datos. Pero seguimos sin conocer dónde ni cuándo ni cómo apareció el primer ser viviente, y es imposible por ningún análisis químico o clasificación de fósiles establecer si todo el proceso vital es explicable en términos de puro azar o si debemos aceptar una direccionalidad finalística. Es aquí donde un estudio lógico de conceptos puede darnos una luz que aclare supuestos conflictos entre Física y Teología.
Si la Física comienza su trabajo con la aceptación de cualidades activas en la materia -fuerzas- que sirven como base explicativa de su estructuración a diversos niveles, también la Teología admite que Dios dio a la materia, creada por El, capacidades de actuar: ya en el Génesis se describen las plantas como destinadas a producir fruto según su especie, y esta actividad quasi-vital es la que sugiere a la primera ciencia medieval un influjo de la Tierra y los astros en la formación de metales e incluso en las características de cada persona. Durante siglos se aceptó la realidad, apenas cuestionada, de una generación espontánea de organismos macroscópicos bien diferenciados, de tal modo que la materia, dotada por el Creador de estas capacidades, daría lugar a formas vivientes siempre que se encontrase en las circunstancias adecuadas. Si desde el punto de vista humano tal evolución puede decirse que ocurre al azar en cuanto a las circunstancias concretas de tiempo y lugar, sigue en pie la afirmación de orden y causalidad querida por el Creador y prevista en su realización concreta.
Se aceptaba un influjo de factores ambientales en características de tipo secundario de los seres vivientes y se suponía una cierta evolución intra-específica que explicaría las diferencias individuales, y que tenía un carácter aleatorio, aunque podría ser manipulada por el hombre (por ejemplo para mejorar el ganado). Sin datos de observación directa, no era lógico hablar de evolución de especies, y el relato del Génesis parecía ser la explicación correcta de la variedad de vida existente, variedad que nunca traspasa los límites específicos en tiempos asequibles a nuestra comprobación directa.
Como consecuencia de los trabajos de Darwin se presenta una alternativa que se mantiene hasta hoy en algunos ambientes de materialismo reduccionista o de fundamentalismo bíblico: se contrapone una evolución de azar ciego a una finalidad dirigida por el Creador, como dos maneras antitéticas de explicar el mismo hecho: la diferenciación progresiva de las formas de vida a lo largo de la historia de la Tierra. Este dilema alcanza su máxima acritud al intentar explicar el último paso evolutivo, de los antropoides primitivos al Hombre, inteligente y libre. Es la conocida polémica entre los que afirman que “el Hombre desciende del mono” o que fue hecho totalmente a partir del barro del relato bíblico en el Génesis
El mecanismo evolutivo se describe en términos concretos como efecto de mutaciones en el material genético -ADN- de las células que dan lugar a un nuevo organismo. Tales mutaciones (cambios en algún punto de esa molécula complejísima) son debidas a factores químicos, térmicos o de impacto de partículas procedentes de materiales radioactivos o de la radiación cósmica. Si bien la mayoría de las mutaciones son nocivas o indiferentes, algunas mejorarán al organismo haciéndole más apto para su supervivencia en un entorno determinado. Esto lleva a una selección natural que finalmente da lugar a nuevas especies que ya no pueden reproducirse entre sí. Por ser las mutaciones el resultado de hechos imprevisibles y no predispuestos por leyes físicas, es necesario admitir que la evolución es aleatoria, y no puede demostrarse finalidad alguna. La afirmación teológica de un plan divino que se desarrolla armoniosamente a través de los tiempos preparando la aparición del Hombre sería tan sólo una forma poética y antropomórfica de interpretar los hechos, pero sin validez lógica ni científica.
Es el concepto de azar el que da lugar a conflictos injustificados. Es verdad que no hay correlación de leyes físicas que permitan establecer que tal rayo cósmico, con una energía concreta, impactará sobre un punto determinado de un gameto sexual para dar lugar a una mutación previsible y de efectos evolutivos donde pueda observarse un desarrollo finalístico. En este sentido restringido, es claro que tales cambios se dan aleatoriamente, y la evolución sigue trayectorias totalmente “arbitrarias” marcadas por infinidad de sucesos microscópicos y también por extinciones macroscópicas y otros factores ambientales -épocas glaciales, volcanismo, deriva de continentes- que hacen imposible la predicción de su rumbo o la probabilidad de un desarrollo semejante, aun comenzando con las mismas condiciones iniciales en el mismo planeta. Pero esto no describe la realidad total, especialmente en relación con la vida humana.
Primeramente el azar no es ningún agente físico, ni puede ser causa explicativa de ningún tipo de orden. Esto es de importancia obvia cuando se quiere explicar la formación de órganos muy especializados, que necesitan ser perfectos en sus funciones para tener valor de supervivencia y selección. Uno de los puntos más oscuros del proceso de evolución por mutaciones genéticas es la necesidad de múltiples mutaciones, cada una sin valor para el individuo en que ocurren, que deben acumularse simultáneamente para dar lugar a un nuevo órgano o comportamiento que sí tiene ventajas para la supervivencia. Por eso se habla de un “equilibrio puntuado”, que supone largos períodos de estabilidad mientras se van incorporando multitud de cambios en el material genético, sin efectos visibles, hasta que en algún individuo de la especie se alcanza un conjunto crítico que produce el cambio evolutivo. Incluso parece necesario suponer que el cambio se da simultáneamente en un número amplio de individuos, pues un único ejemplar de la nueva forma no tendría probabilidad de perpetuarla.
Pero, de cualquier manera que se intente explicar en detalle la evolución, sigue siendo filosófica y teológicamente cierto que para el Creador no hay azar, ni puede haberlo. Su conocimiento total de las propiedades y actividad de cada partícula o unidad de energía, en toda la historia del Universo, determina la elección de condiciones iniciales que produzcan en el correr de los tiempos aquellos efectos que El busca, a todos los niveles de estructuración.
Si es propio de todo actuar inteligente el escoger los medios para un fin, más debe esperarse tal determinación finalística de la infinita inteligencia y omnipotencia del Creador. Pero esto no contradice la aleatoriedad desde el punto de vista físico y de experiencia humana, porque ninguna comprobación experimental puede medir o detectar finalidad ni orden, que no son cuantificables ni expresables en fórmulas matemáticas. La metodología científica no posee ningún instrumento para ello, aunque la pregunta sobre finalidad sea la más espontánea cuando encontramos un objeto arqueológico o cuando queremos entender el porqué de un acontecimiento o comportamiento humano. La Ciencia experimental ni puede demostrar la finalidad ni la falta de ella.
Lo anteriormente expuesto acerca de la actividad inmaterial en el Hombre, su consciencia, libertad y pensamiento abstracto, puede resumirse diciendo que hay en el ser racional una nueva necesidad, superior a todo instinto animal, que le mueve a buscar Verdad, Belleza y Bien. Aparece ya este modo de proceder en los restos arqueológicos más primitivos que pueden relacionarse con certeza con el ser humano: decoración de objetos y de cavernas, fabricación de utensilios complejos, de instrumentos músicos, cuidado de enfermos (incluso con trepanaciones llevadas a cabo con éxito, más de una vez, en el mismo individuo), enterramientos. Nada de esto es explicable en términos de supervivencia o adaptación al medio, ni puede atribuirse a una programación genética, que puede dar razón de una nueva estructura orgánica o de un nuevo modo fijo de proceder, pero no es razón suficiente de un pensamiento, de un avance cultural, de la consciencia misma.
Se dice algunas veces que la materia se hace consciente de sí misma en el cerebro. En su significado literal, esta afirmación es claramente falsa: nadie sabe que tiene cerebro, ni qué hay en él, sin estudiar anatomía, lo cual debe hacerse en el caso del Hombre con la misma metodología experimental de disección y estudios microscópicos que se necesitan para estudiar el cerebro de cualquier animal. Ni es nadie consciente de lo que hacen las neuronas cuando piensa, ni de ninguna otra actividad interna; en la visión, somos conscientes del objeto externo que vemos, pero no de lo que ocurre en la retina, el nervio óptico o la zona visual del cerebro.
Aunque se hable de que la consciencia y la inteligencia “emergen” de la materia cuando ésta alcanza un grado suficiente de complejidad, tal afirmación o simplemente repite lo bien conocido como hecho, que es la indicación de racionalidad simultánea con el desarrollo cerebral, o tiene que atribuirse la nueva forma de actuar a alguna fuerza física, con la implicación de que la consciencia debe encontrarse en algún grado en todos los niveles de la materia, hasta las partículas elementales. No conozco a ningún físico que haya propuesto esto seriamente.
Atribuir la inteligencia a factores fisiológicos, como la posición del cráneo sobre un conjunto vertical de vértebras o la estructura de la laringe capaz de sonidos articulados, es claramente insuficiente cuando encontramos animales, como el avestruz, con la cabeza libre para desarrollarse sin trabas sobre un cuello erguido, o el loro, capaz de sonidos articulados en diversas lenguas, que no se distinguen por su inteligencia aun en el mero reino animal. Decir que es el número de neuronas o de circunvoluciones cerebrales el factor determinante tampoco tiene lógica cuando se dan cerebros mayores que el humano en el elefante y el delfín, y mientras vemos una total falta de correlación entre tamaño cerebral e inteligencia en las diversas poblaciones humanas, desde Neanderthal hasta hoy. Ni es más convincente el argumento basado en la relación de masa cerebral a la masa total del viviente: ni en el hombre ni en un ordenador se observa tal dependencia.
El material genético del Hombre coincide en más del 98% con el de los grandes primates actuales, chimpancé, orangután y gorila. Pero la diferencia de actividad no instintiva es drástica, precisamente porque sólo la actividad instintiva puede ser objeto de programación genética.
Por eso se puede y debe aceptar como única explicación lógica la postura de la Filosofía y Teología: una realidad inmaterial es razón necesaria y suficiente de la racionalidad, y exige un acto de creación directa, puesto que no puede ser consecuencia de cambios físico-químicos en ningún momento de la evolución meramente biológica. Aunque el Hombre, como estructura del reino animal, tiene un parentesco innegable con las formas de vida de etapas previas, el paso a ser racional tiene que incluir una nueva realidad del mismo orden de existencia que es propio del Creador inmaterial.
La frase bíblica, en que el Hombre se define como “Imagen y Semejanza” de Dios, expresa lo más profundo y valioso de nuestra esencia, fuente de conocimiento, consciencia, libertad, creatividad y responsabilidad. Por eso somos personas, en el sentido en que el Creador es también personal -no una fuerza cósmica de evolución ciega- y podemos establecer una relación personal con El. Esta es la única razón suficiente para que Dios decida crear.
CUERPO Y ALMA, ESPÍRITU Y MATERIA
Quienes, aun desde la Teología, intentan descartar como resto de creencias mitológicas o de dualismo griego la existencia de seres espirituales creados, incluso del alma humana, deben darse cuenta de la arbitrariedad de negar a priori que Dios, puro espíritu, pueda dar existencia a seres semejantes a El en su independencia de espacio, tiempo y leyes físicas. No hay razón lógica de hacerlo, y la enseñanza bíblica y eclesial de veinte siglos afirma reiteradamente su creación. No hay razón alguna para esperar que la Iglesia pueda cambiar esta doctrina, claramente presente en concilios, documentos papales y el Catecismo de la Iglesia Católica ; lo dicho recientemente por el Papa acerca de la aceptabilidad del hecho evolutivo, explícitamente excluye el atribuir el espíritu humano a ningún cambio genético.
Ni tiene sentido hablar de la Iglesia triunfante y la proclamación de la gloria de los santos si se considera que en su muerte han dejado de existir totalmente al deshacerse sus cuerpos. No puede entenderse al Hombre como puro espíritu, pero tampoco como sola materia, aunque sea difícil explicar su unión e influjo mutuo en una realidad personal. Este influjo es innegable, y exige admitir la unidad de un YO, sujeto único incompatible con un dualismo de sustancias meramente coexistentes en unión accidental, pero no puede tomarse como base suficiente para reducir a un único principio material toda la riqueza de la actividad humana.
Podemos utilizar la comparación (válida aun en un caso de unidad muchísimo más superficial) con el músico y su instrumento: es al violinista a quien aplaudimos al final de un concierto, pero no podría producir los sonidos que nos asombran y conmueven sin un violín en perfecto estado. Toda la música es simultáneamente efecto del violín y del artista, pero esto no destruye la dualidad obvia que se mantiene en su acción conjunta. Mucho más es necesario afirmar la necesidad de coordinación adecuada entre cerebro y mente espiritual para la actividad mental y de volición libre.
El querer explicar el pensamiento por la transmisión de señales entre neuronas es tan poco lógico como el atribuir el contenido de un programa de televisión a los electrones que cruzan transistores en sus circuitos. Nadie se queja a la compañía eléctrica por un programa aburrido o lleno de errores, ni tampoco se explican las afirmaciones equivocadas de un noticiero por defectos en los circuitos electrónicos. Ni hay consciencia, iniciativa o satisfacción en el funcionamiento de un ordenador, pues el paso o bloqueo de una corriente en cualquier componente (el código binario de la informática) solamente tiene sentido para quien utiliza ese “lenguaje” para programar funciones tan desprovistas de sentido en sí mismas como las manchas de tinta en un papel. Por eso es un lenguaje antropomórfico, pero no científico, el que usamos hablando de inteligencia artificial o aun de memoria al referirnos a una computadora: no merece más tal nombre un conjunto de dominios magnéticos en un disco que un conjunto de papeles escritos en un cajón de un escritorio. Ni en un caso ni en otro hay conocimiento de la información almacenada.
Es también un abuso ilógico del lenguaje el decir que el significado que afirmamos como exclusivo de la actividad inteligente puede darse por simple azar, como en el ejemplo tan repetido de que el utilizar aleatoriamente un teclado tipográfico durante tiempos inmensos llevaría a la producción de todas las obras literarias de todos los tiempos y lenguas. Hoy podría programarse un ordenador para que imprimiese sucesivamente todas las permutaciones de un millón de símbolos alfabéticos, garantizando así que se obtendrían todos los textos posibles en todas las lenguas de todos los tiempos que utilizasen ese alfabeto. Pero tal trabajo no tendría otro resultado real que el llenar montañas de papel con manchas de tinta, sin significado alguno si no se da previamente una actividad inteligente que asigne símbolos arbitrarios a sonidos, igualmente arbitrarios, que se relacionan con objetos o ideas según reglas gramaticales que también dependen de una actividad no debida a ninguna fuerza de la materia. Sólo quien conoce tales símbolos y reglas -conociendo un lenguaje- verá algo inteligible en las hojas impresas.
Es digna de mención, en este contexto, la actitud casi universal de los físicos con respecto a supuestos poderes mentales que producirían efectos sobre el mundo de la materia. Ni la telepatía ni la telekinesia (capacidad de mover objetos a distancia), ni la levitación ni los fenómenos de tipo espiritista han logrado aceptación científica: hay un escepticismo enraizado en la distinción entre el mundo de lo material y el de las actividades subjetivas de orden cognoscitivo-volitivo. Si estas actividades fuesen atribuibles a fuerzas físicas, con resultados también físicos, sería ilógico negar posibles efectos en el entorno. Pero por criterio científico es imposible atribuir la actividad racional a ninguna de las cuatro interacciones físicas, ni a sus combinaciones. Ningún parámetro cuantificable describe el contenido de un pensamiento abstracto, ni aspecto alguno de la vida humana en sus expresiones artísticas, éticas o religiosas, aunque su existencia e importancia no pueden negarse.
Nada es tan obvio y cierto para nosotros como el hecho consciente de que pensamos: así quiso comenzar Descartes su búsqueda de certeza, pues aun la duda más universal y extrema tiene que rendirse ante la evidencia de que se está dudando. Sigue siendo válida esta afirmación, así como la consecuencia inmediata de que tal actividad permite inferir la existencia del que duda y piensa, ni hay que acusar a Descartes de racionalismo por decirlo.
TEOLOGÍA Y ANTROPOLOGÍA
De cuanto queda expuesto es lógico inferir la realidad humana de actividades expresables en términos materiales (desarrollo orgánico, metabolismo, proceder instintivo) y de actividades sin cualidades experimentables y sin explicación suficiente en las cuatro fuerzas de la materia. Unica razón lógica de este nuevo proceder es la existencia en el ser humano de un principio también nuevo dentro del reino animal: la realidad no-material que se designa como espíritu humano o alma. Y si no es material, no puede deberse a ningún tipo de evolución biológica ni a emergencia de la complejidad de la materia en ningún estado previo.
En esta realidad no sometida a leyes físicas está la raíz de nuestra actividad mental: consciencia, pensamiento abstracto, búsqueda de Verdad y Belleza, transmisión cultural. Y también de nuestra libertad, dirigida hacia el Bien, única base racional del sentido de deber y responsabilidad que nos hace sujetos de derechos y deberes y fundamenta toda sociedad con sus estructuras legales, éticas y de mutuo respeto y ayuda.
Nuestra naturaleza doble, material y espiritual, en una única entidad personal, da origen a la designación clásica del Hombre como microcosmos, compendio de todos los niveles finitos del ser. Se encuentra en nosotros la ceniza de estrellas que durante miles de millones de años prepararon los elementos necesarios para la Tierra y para la vida. Se recapitula y culmina en nuestro organismo la larga etapa evolutiva desde la primera célula a los mamíferos primates. Y tenemos en la unión de cuerpo y espíritu el puente que nos sitúa también en el mundo inmaterial de los ángeles, reflejo de la espiritualidad del Creador que existe y crea sin condicionamientos espacio-temporales ni limitaciones físicas. Todo esto es incorporado en la Teología cristiana, donde se nos define, desde el primer relato bíblico, como imágenes de ese Creador cuya actividad esencial es el conocer y amar y actuar libremente. Dios, el Viviente por excelencia, con su comunicación de vida al Hombre abre una perspectiva que originalmente implicaba la liberación del proceso biológico normal de la muerte. Es la rebelión de autosuficiencia absurda -el pecado- lo que introduce la muerte en el panorama humano, pero con una esperanza de victoria que se realiza en Cristo, Hombre como nosotros, que vence a la muerte en su Resurrección. El es la fuente de vida eterna que nos permite ver más allá de la destrucción personal y cósmica un nuevo modo de vida que participará del modo mismo de existir de Dios.Por la incorporación a Cristo, aun de quienes no le han conocido en su vida terrena, todas nuestras actividades realizadas en consonancia con nuestra naturaleza son de valor eterno y constituyen el bagaje imperecedero que nos acompaña en el mundo futuro. No es la valía humana debida a cosas externas a nosotros, sino a nuestro propio ser, marcado por nuestra actividad libre y responsable.